
La felicidad en el matrimonio no tiene fecha de vencimiento. Antes debería aumentar con los años.
Después de 34 años de casados, hoy veo a mis padres mucho más enamorados que antes. Trabajan en la misma empresa, se transportan en el mismo carro, tienen los mismos planes el fin de semana y nunca los he escuchado decir que están cansados de estar juntos.
El comienzo de su matrimonio fue terrible. Eran jóvenes, sin conocimiento y tropezaron mucho. Hoy el amor es fuerte, más fiel que nunca.
No se han leído un libro para matrimonios, pocas veces han ido a conferencias sobre parejas. Pero hay algo diferente; hace unos años, mi papá empezó a cultivar una relación con Dios. Y eso lo cambió todo.
Cuando me siento a hablar con mi familia, no hay ninguno que diga que se arrepienta de haber conocido a Jesús. Inclusive todos decimos que es lo mejor que nos ha pasado en la vida.
Creo que tener un hogar sin Dios en el corazón es una odisea. Si no fuera por Él, yo ya no tendría matrimonio. No es en mis fuerzas que he perdonado lo imperdonable, no es en mis fuerzas que puedo ver lo bueno en un ser imperfecto, no es en mis fuerzas que renuncio cada día a mi orgullo, no es en mis fuerzas que puedo amar a mi suegra. Todo es gracias a Él.
Hay una pieza con la forma de Dios en tu corazón donde solo Él encaja. No es religión, es RELACIÓN. Y créeme que tu relación con Él es la pauta para toda relación en tu vida. Basta con decirle que crees en Él y creer que murió y vive por ti. Esos brazos extendidos de lado a lado en la cruz no son casualidad, así de grande te ama Dios.
