
Nos gustaría tener la fórmula secreta para tener un matrimonio feliz, pero con los años he descubierto algo simple y poderoso:
Los hábitos son buenos, hablar el lenguaje del amor del otro es maravilloso, la comunicación es poderosa… pero sin un buen corazón es muy difícil tener un buen matrimonio.
Como puedes ver, la mayoría de las descripciones del amor que encontramos en la Biblia (1 Corintios 13), no se enfocan en flores, mariposas o palabras románticas.
Se refieren a una persona con la que es agradable vivir. Alguien que no se complica la vida por tonterías, que busca no solo su propio bien, sino que quiere el bien del otro, alguien cuyo corazón está libre de amargura, en quien no hay lugar para el egoísmo… y menos para el rencor.
El amor es paciente y bondadoso:
“Te he dicho mil veces cómo funciona el control remoto, pero está bien; te explicaré de nuevo.”
El amor no es celoso:
“No me incomoda que ganes más dinero que yo. Estoy orgulloso de ti, cariño.”
El amor no es fanfarrón ni orgulloso:
“En el fondo sé que soy mejor cocinero que tú, pero puedo guardarme ese comentario y comer tu sopa salada.”
El amor no se irrita:
“De nuevo dejaste pelos en el lavamanos luego de afeitarte, aunque ya te he dicho que me da asco. Pero supongo que solo te olvidaste, así que yo misma limpiaré el desorden.”
No lleva un registro de las ofensas recibidas:
“Te has disculpado; disculpas aceptadas; fin.”
Uno no se alegra de la injusticia, se alegra cuando la verdad triunfa:
“Tenías razón y yo estaba equivocado. Qué bueno que estemos de nuevo del mismo lado.”
Un corazón no puede dar de lo que no tiene.
Y si internamente hay odio, heridas por sanar, amargura y falta de perdón, tristemente eso será lo que se refleje en el matrimonio.
El amor nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia:
“Sin importar qué desafío llegue a nuestra vida, lo enfrentaremos de la mano de Dios, y un aniversario tras otro, nuestra vida juntos será inspiración para las generaciones que vendrán.”
El amor no se comporta con rudeza:
“Solo porque estamos juntos todo el tiempo, no dejaré que eso sea una excusa para dejar de prestarte atención y tratarte con respeto.”
No exige que las cosas se hagan a su manera:
“Preferiría ir de vacaciones al mar, pero me doy cuenta de lo importante que es para ti visitar a tus padres, así que la ciudad de Bogotá está bien.”
Los problemas de carácter que traemos de la soltería no se solucionan con un cambio en el estado civil. Peor aún: en el matrimonio es más difícil controlar un mal carácter. Por eso, cuando veas que tu relación no es lo que quisieras, tómate un tiempo para llegar a la raíz y pregúntate:
¿Es agradable vivir conmigo? ¿Cómo está mi corazón?
