
Si hay algo que deberíamos dejar a nuestros hijos, son raíces. Raíces para que ellos también crean en el amor y formen familias estables y cimentadas en una relación personal con Dios.
Nuestros hijos deberían entender el verdadero significado del amor, al observar la relación de nosotros los padres, y es que sin duda el ejemplo tiene más poder que las palabras.
Que vean que tenemos paciencia en todo, y siempre somos amables. Que no somos envidiosos, ni nos creemos más que nadie. Que no somos orgullosos, ni groseros ni egoístas. Que no nos enojamos por cualquier cosa, ni nos pasamos la vida recordando lo malo que nos han hecho, que hablamos con la verdad, que nunca nos damos por vencido, jamás perdemos la fe, siempre tenemos esperanza y nos mantenemos firmes en toda circunstancia (1 Cor. 13).
Mi sueño para los hogares es que las raíces sean tan fuertes, que cuando nuestros hijos crezcan y recuerden a sus padres, tengan el mejor ejemplo de lo que una relación debería ser. Así cuando les llegue el día de enamorarse, amarán sin medida y sin egoísmo a la persona que Dios ha preparado para ellos.
