Cuando eliges un compañero de vida

He aprendido a ver el matrimonio como un viaje. Tú decides en gran parte si el viaje será placentero o te amargarás por las más mínimas tonterías.

Cuando veo mis fotos de niña, noto que casi nunca sonreía. Las veces que fuimos de vacaciones, no disfrutaba como se debía, me preocupaba que tuviéramos un accidente, me amargaba porque me daba rinitis el frío y me la pasaba pensando en las tareas del colegio. Lo mismo pasaba en mi matrimonio, cualquier pequeñez era una excusa para amargarme y de paso amargar a mi esposo.

No fue sino hasta que viví situaciones difíciles, que aprecié realmente lo que es vivir. Aprendí que la actitud es una pequeña cosa que hace una gran diferencia. Hoy los viajes en familia me llenan el alma, disfruto hasta observando un pequeño insecto, bailo con mi esposo, le hago bromas, ignoro sus pequeños defectos y soy feliz. Y quiero que tú lo seas. Si tienes a Dios, ¿qué te falta? Nada.

Levántate cada día con la decisión de hacer de tu matrimonio el mejor viaje. Viaja liviano, sin rencores, perdona rápido, besa despacio, ríe, aprecia cada bendición. Como decía Albert Einsten: “Vive como si cada día fuera un milagro.” Porque lo es. 

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